Contextos
Los lenguajes y las sociedades
Normalmente, hablamos con otras personas para transmitirles información. Si yo llamo por teléfono a María a las diez de la noche y María me dice “estoy viendo una película”, yo no me extrañaré. A esas horas, María podría estar chateando, cenando, leyendo un libro, ordenando un armario, viendo una película, … Pero ahora ya no tengo dudas. Había varias posibilidades. Una de esas posibilidades es la información que yo recibo.
Sin embargo, si María y yo estamos en el cine viendo Matrix y ella me dice “estoy viendo una película”, probablemente me dejará pasmado. Yo ya sé que está viendo una película. Pero como su frase estaba bien construida y yo no creo que María esté loca, me esforzaré por averiguar qué información me quiere transmitir. Se me ocurren varias posibilidades. Por ejemplo:
- María trabaja en el archivo de una filmoteca y está acostumbrada a clasificar películas, pero nunca tiene tiempo de verlas. Esa noche, está viendo –no clasificando– una película.
- María es una gran aficionada al teatro y casi nunca va al cine. Pero hoy no está viendo una obra de teatro, sino una película
Para extraer información de la frase de María, yo he construido mentalmente distintas categorías. Tanto por teléfono como en el cine, yo había pensado:
“estoy X” ································ X = leyendo / cenando / viendo una película
“estoy X una película” ······ X = clasificando / viendo
“estoy viendo X” ················· X = una obra de teatro / una película
Este mecanismo mental es automático y todos lo usamos, pero rara vez somos conscientes de ello. Podríamos llamarlo “categorización espontánea”.
El contexto como categoría
A veces, las categorías que construimos dependen del contexto, pero otras veces son absolutas. ‘Fucsia’ es un color y ‘5’ es un número, independientemente de con quién estemos hablando. Las categorías ‘absolutas’ son interesantes para los lingüistas, pero para los sociólogos son mucho más interesantes las categorías que reflejan contextos sociales.
Una ventaja de usar un contexto es que podemos expresarnos con muy pocas palabras. Cuanto más reducido es el contexto, más posibilidades tenemos de referirnos a las cosas indirectamente.
Pensemos en expresiones como ‘buen rollo’ o ‘buena onda’. En España, según el contexto, ‘paro’ puede significar ‘huelga’ o ‘desempleo’, que son dos cosas completamente diferentes. ‘Me voy a cortar el pelo’ rara vez significa que tú te lo vas a cortar. ‘Escuchar’ se usa como sinónimo de ‘oír’, sin distinguir. ‘Avalar’ es un término bancario, pero se usa como ‘respaldar’. Los derechos se ‘ejercitan’ como los brazos o las piernas, pero también pueden ser ‘infligidos’ sádicamente.
Todo vale, porque hablamos y pensamos dentro de un contexto, y nuestro interlocutor ‘ya entiende’ lo que queremos decir. Aunque esa presunción a veces falla, como en este breve diálogo tomado de una conversación real en un chat:
A - ¿Duele hacerse un tatuaje?
B - Depende de la zona
A - Soy de Albacete
El contexto como referente mental es muy práctico, pero cuando dos lenguas distintas entran en contacto se puede crear un conflicto. Por ejemplo, entre el inglés y el español. El inglés es un idioma muy poco contextual, mientras que el español es fuertemente contextual. Cuando tú te expresas en función de un contexto y ese contexto no existe en la lengua del otro, el problema está servido.
Si nos desenvolvemos en círculos más o menos cerrados, tendemos a crear jergas. En casa, en la oficina, entre amigos recurrimos muy a menudo al lenguaje contextual. Por eso, cuanto más contextual es nuestro lenguaje, mejor refleja nuestro entorno social.
Contextos y sociedades
Ciertamente, el lenguaje refleja la manera en que nos relacionamos con nuestros semejantes. Y, por lo tanto, nos puede dar una medida del grado de apertura de una sociedad. Cuanto más contextual es la comunicación, más cerrada es la sociedad.
Más cerrada quiere decir más estructurada en forma de ‘tribus’, clanes, familias o redes de contactos. Esa estructura no es evidente, pero a veces es perceptible. Todos nos hemos encontrado alguna vez con esos corrillos espontáneos que se forman en mitad de la acera o en el pasillo del supermercado, que impiden pasar a las demás personas. Como si, de golpe, para ellos el resto de la sociedad dejara de existir. Como si los congregados entraran automáticamente en ‘modo tribu’.
En las sociedades totalitarias, en cambio, el contexto viene impuesto desde arriba, y la estructura de la sociedad está, como el lenguaje, fuertemente burocratizada. Sólo tenemos que recordar las grandiosas palabras sacralizadas durante el III Reich o en la Unión Soviética.
Me dirá usted que siempre ha habido un discurso oficial, y es cierto. Pero el problema no es ese. El problema surge cuando el lenguaje oficial trata de imponernos unos conceptos morales que desestabilizan la propia sociedad. Siempre encontrará usted a algún ecologista exaltado o a algún atormentado por el pasado de la raza blanca. Mientras nadie los subvencione ni nos impongan un lenguaje que trate de culpabilizarnos, siempre habrá un hueco para ellos en una sociedad libre. Y, cuando una epidemia no sea suficientemente alarmante, por favor, no redefina el significado de ‘pandemia’ para hacerla más alarmante.
Las sociedades cerradas tampoco son una bicoca. En el mundo hispano, si usted quiere encontrar trabajo será mejor que se busque contactos que le consigan un empleo, antes que enviar toneladas de solicitudes basadas en sus propios méritos. En las sociedades fuertemente contextuales los individuos tienden a favorecer a quienes comparten el contexto: lenguaje, ideología (¡o teología!), lazos emocionales, intercambios de favores y otras menudencias.
Esas estructuras sociales son nefastas. Tienden a valorar más los ‘contactos’ que el mérito profesional. Desincentivan el esfuerzo personal y dificultan la movilidad social. Y eso se refleja, a su vez, en el tipo de economía.
Veamos algunos ejemplos. En Chile, un país que durante decenios ha estado orientado a la economía de mercado, pasar de la pobreza a la clase media le lleva a un ciudadano, en promedio, de dos a tres generaciones. En Colombia, once generaciones.
Pero alejémonos un poco más. En Corea del Sur y Japón, cuyas lenguas dependen rígidamente del contexto social, la movilidad social es muy baja. Justo al contrario que en los países nórdicos, Estados Unidos o Canadá. India se encuentra en una situación intermedia. Por un lado, es una sociedad de castas en la que se hablan 123 idiomas. Ah, pero tiene una lengua común que permite a todos ellos comunicarse entre sí: el inglés.
La lucha contra los lenguajes cerrados es también una lucha por las economías abiertas y la igualdad de oportunidades. En ese combate, la IA podría ser un gran aliado. La IA nos obliga a pensar muy detalladamente lo que se queremos obtener, sin apoyarnos en ningún contexto. Y no es fácil. Cómo conseguir una información específica, cómo describir una imagen o una composición musical que reproduzcan fielmente lo que tenemos en mente, con todos sus matices.
Puede que alguien descubra un día otras soluciones, o puede que el idioma español –y, con él, las sociedades que lo hablan– nunca salgan de ese atolladero. No lo sé, y tampoco es mi función. Yo me he limitado a dibujar el mapa. Sin un mapa, todos los itinerarios son imposibles.
[Y, si siente usted curiosidad por los viajes en el tiempo, tal vez le interese este breve relato de ficción que he incluido en Conexiones: Amnesia]





Hola Ricky.
Curioso y muy interesante tú artículo donde hasta el lenguaje nos amplía ó limita la perspectiva ó visión de la vida.
Me recordaste y me hiciste revalorar (la menosprecie por prejuicio de "imposibilidad"), la película "La llegada" (Arrival), dónde una lingüista aprende de unos extraterrestres un nuevo lenguaje que le aporta una nueva y sorprendente perspectiva sobre el tiempo (chance y la has visto).
Gracias Ricky Mango, un abrazo.
🤗👍🏼👍🏼👍🏼