Dedicado a Laura
Lo primero que pensó al abrir los párpados fue que el bosque estaba ardiendo.
Pero no. El humo en realidad era una bruma espesa, y la bruma se disipó: estaba despierto.
Despierto, ¿dónde? El encinar terminaba cien metros más abajo, y su memoria dos minutos más atrás. Había perdido la memoria. Para él, la vida acababa de empezar.
Olía vagamente a primavera en todo el valle, y los arroyos rebosaban del deshielo reciente. Recordaba los nombres de las cosas: sendero, nubes, casa, humo, gallinas, ropa tendida. Al verlo, la mujer dejó caer el pantalón ya seco y huyó, sonrojada. Se miró: estaba desnudo.
El pantalón y una camisa que aún estaba tendida eran de su talla. Pero ni siquiera después de ponérselos quiso ella abrirle la puerta. La mujer pronunció unas frases, pero él no entendió lo que decía. En alguna habitación trasera rompió a llorar un bebé.
Horizonte, calcetines, gorriones, sendero de nuevo, agua. Las palabras de las cosas seguían afluyendo cuando llegó a la población. A su alrededor, extraños tejados, extraños soportales mohosos, mortecinas farolas de gas cuando empezó a anochecer.
No comprendía el lenguaje de sus moradores. Ni una sola palabra. Durmió en un callejón, abrigado por un viejo colchón de lana que nadie reclamó. Antes de dormirse sintió hambre. Tal vez a la mañana siguiente recobraría la memoria...
La mujer de la ropa tendida lo miraba, sin pestañear. Ahora vestía de enfermera, y el callejón de la noche anterior era una cama en un hospital. Comió atragantándose de prisa el puré de guisantes y la empanada, bebió agua y tosió. Nadie parecía extrañado de su presencia. Cuando la enfermera se llevó el plato, un barbero con una bacinilla se sentó junto a él y empezó a enjabonar sus mejillas.
Algo no encajaba en aquel lugar. Los utensilios de los médicos eran demasiado antiguos para estar aún en uso. ¿Demasiado antiguos con respecto a qué? Una oquedad oscura engullía la respuesta. ¿Habría viajado al pasado, y el precio pagado por aquel viaje era su memoria del presente? ¿De qué presente? Ni siquiera recordaba su propio nombre.
A media tarde, todos dormitaban. Se levantó de la cama, recogió sigilosamente sus ropas, y saltó por una ventana a un montículo de heno, en un ángulo de un establo umbrío. Un asno soñoliento lo miró sin interés: aquel tipo no era comestible.
Sus ansias de viajar en el tiempo encontraron un sucedáneo: explorar el espacio. A lomos del asno perezoso ascendió hasta una montaña cercana. El futuro en aquella dirección era el océano. Anochecía. Durmieron los dos al raso entre unas rocas, bajo una luna mordida. Al amanecer, el asno había desaparecido.
Durante dos semanas recorrió solo las crestas de aquella cordillera, y en el horizonte vio siempre agua. No avistó barcos ni aviones. Apenas unas barcas de pescadores, esporádicas, cerca de la costa. ¿Estaba en una isla? Pronto lo sabría.
Las montañas se fueron suavizando, y a la mañana siguiente despertó en una playa. El aire estaba templado, y el mar, en calma. Desayunó unas bayas silvestres y se adentró lentamente en el agua. A pocos metros de él una bandada de peces huyó, centelleante. Sólo un extraño molusco lo seguía mirando, inmóvil. Se zambulló.
Pero no era un molusco. Arrastró el objeto hasta la arena, y trató de identificarlo. Era un trozo de metal retorcido, completamente oxidado, incrustado de caparazones. Intuyó que no muy lejos de allí encontraría una respuesta. Aunque todavía no sabía a qué pregunta. Por fin, englutido en un laberinto de zarzas, encontró el helicóptero.
¿Cuántos años llevaba allí? Sólo un arqueólogo podía decirlo. Las raíces de los árboles, anudadas a los hierros, habían esculpido un paisaje sólido recorrido por ríos de hormigas, y los asientos eran ya tan sólo una oquedad vegetal. Su ansiedad se hizo insoportable. Decidió regresar al pueblo.
Sólo un mes después de su partida, el hospital era un edificio destechado, sin vidrios en las ventanas. En su interior, varios pastores envueltos en pieles dormitaban rodeados de ovejas y cabras, y en el antepecho de una ventana la mujer que había sido su enfermera jugaba distraídamente con las gotas de mercurio de un termómetro roto. Salió a la calle. En el suelo, acuclillado, un muchacho desnudo afilaba a golpes, contra una roca, un hacha de sílex.
Un escalofrío recorrió su nuca. Había viajado en el tiempo, sí. Pero su viaje no había sido hacia el pasado.
Estaba en el futuro.


