¿Alguna vez se ha preguntado usted qué tienen en común autores u obras tan dispares como Dostoyevski, Gérard de Nerval, la Biblia, Voltaire o Andersen? No, no es una broma. Todos esos nombres tienen en común a un autor prácticamente desconocido, pero fascinante: el austríaco Alfred Kubin, contemporáneo de Kafka, Freud, Huxley y Graham Bell, dibujante y grabadista, y visionario a su pesar.
Aunque poco conocido, no es imposible que hayamos tenido alguna vez en las manos páginas con escenas, figuras o, simplemente, amasijos de trazos sugerentes firmados por ese autor. La vida y la obra de Kubin, sin embargo, son mucho más que un caso pintoresco en la historia de la literatura, y nos invitan a reflexionar sobre uno de los periodos más trágicos en la historia de la humanidad.
Alfred Kubin nació el 10 de abril de 1877 en Leitmeritz, en el norte de Bohemia, aunque su infancia estuvo más vinculada a Zell am See, una pequeña localidad cercana a Salzburgo, a donde cinco años más tarde se trasladó su familia. Era un niño inquieto y revoltoso, con ciertas inclinaciones sádicas, y de carácter muy independiente.
El imponente paisaje de los Alpes y la influencia de la religión en la vida cotidiana infundieron en el pequeño Kubin tempranos sentimientos místicos, que la doctrina y la catequesis convirtieron en ideas obsesivas de culpabilidad. Era un niño raro. Ya en sus primeros dibujos se podía apreciar una tendencia a distorsionar la realidad. “Una vaca con cuatro cuernos ‑comenta el propio Kubin en sus notas‑ me parecía siempre más interesante que aquellas con dos que veíamos a todas horas por la aldea”.
La muerte de su madre y, poco después, de su madrastra marcaron el comienzo de su adolescencia. El fracaso en sus estudios, el menosprecio que su padre le deparaba y los castigos físicos que padecía en el hogar lo convirtieron en un muchacho solitario que disfrutaba imaginando catástrofes y observando los trabajos del enterrador (a quien, enigmáticamente, él califica de “benefactor”).
Quizá para deshacerse de él, su padre lo envió a la escuela de Artes y Oficios de Salzburgo, donde el futuro ilustrador descollaría en matemáticas y obtendría sus peores notas en dibujo artístico. Antes de terminar aquellos estudios, se trasladó a Klagenfurt, donde trabajó como aprendiz de un fotógrafo paisajista. Durante cuatro años, la tarea más técnica que le encomendaron consistía en barrer los suelos del taller.
En esa misma ciudad, un episodio inesperado puso de manifiesto por primera vez la fragilidad de su universo mental. A raíz de unas experiencias de hipnotismo practicadas con unos amigos, sus nervios entraron en un estado de excitabilidad tan insufrible que el joven Kubin, influido tal vez por los estereotipos románticos, decidió dejar este mundo de una vez por todas.
Provisto de un pistolón herrumbroso, y después de dos días de viaje, un tren lo depositó en Zell am See, el pueblo de su infancia. Apenas pisó el andén, se fue derechamente al cementerio para poner fin a su vida ante la tumba de su madre. Después de solemnes preparativos, el joven Kubin consultó un manual de anatomía, apoyó el cañón en la sien, empujó el gatillo... y oyó la percusión fallida del vetusto revólver.
Despedido por su patrono a raíz de aquel incidente, se alistó como voluntario en el Ejército, donde, embargado de fervor patriótico, sirvió al Kaiser durante dieciocho días. No pudo aguantar más. Las emociones que despertaron en él los funerales de un alto oficial volvieron a destrozar sus nervios y lo sumieron en un estado de postración que duraría tres meses. En su delirio, imaginaba ser un príncipe Borbón que vivía en la isla de Borneo.
Aquel nuevo fracaso lo encaminó definitivamente hacia las artes plásticas. En 1898 se instaló en Múnich y empezó a estudiar dibujo. Por primera vez, el destino le sonreía. En aquella vida de estudiante bohemio no faltaba ninguno de los ingredientes de la felicidad: libertad, señoritas y francachelas, que alternaba con largas discusiones sobre arte y filosofía. Allí frecuentó también un club de amigos (Die Sturmfackel, o “La antorcha en la tormenta”), que reunía a los principales artistas de la ciudad con el sorprendente propósito de ‘acabar con el individualismo’.
Fue por esas fechas cuando vivió un nuevo episodio de hipersensibilidad, que él en sus notas denomina, a secas, “acontecimiento psicológico”. Por consejo de un amigo, había contemplado una serie de obras del grabadista alemán Klinger, que lo impresionaron profundamente. Esa misma noche, sentado a la mesa de un cabaret, la entrada en acción de la orquesta desencadenó en él una extraña alucinación. En ella, las camareras se transformaban en muñecas de cera mientras los clientes celebraban un rito satánico y el gramófono se convertía en un objeto sospechoso. Era una sucesión vertiginosa de imágenes en blanco y negro que su mano apenas conseguía retener garrapateándolas en un cuaderno.
Trances como aquel se repetirían regularmente a lo largo de su vida. En otras ocasiones, en cambio, el abatimiento o la impotencia creativa se adueñaban de él, y fue precisamente en uno de esos episodios cuando escribió, en doce semanas y de un tirón, la novela “La otra parte” (Die andere Seite), que salió a la luz en el verano de 1909 con gran éxito.
En 1911, Kubin se adhirió al grupo de pintores “der Blaue Reiter” –integrado por Kandinski, Franz Marc, Klee y otros–, pero él empezaba a sentirse más atraído por la vida rural. Se alimentaba de su propio universo fantástico, y le horrorizaba la vida urbana. Pocos meses antes de estallar la primera guerra mundial, París le había parecido una ciudad agobiante y americanizada, inmersa en un aluvión de “indumentarias extravagantes, rostros extraños, tangos, pinturas antiguas y cubismo”.
Los horrores de la guerra lo afectaron hondamente. Las víctimas de la contienda se sucedían y, en 1916, la muerte de su amigo Franz Marc en Verdún fue la gota que colmó el vaso. Una vez más, su conciencia lo empujaba a situaciones extremas, y esta vez se arrojó en brazos del budismo.
Determinado a retirarse del mundo, dispuso el reparto de sus bienes y anunció su propósito. Su mujer consiguió convencerlo de que habilitara, al menos, una pequeña celda en la casa familiar para no dormir al raso. Allí, entre un colchón de paja y una palangana, meditando en lugar de dormir y sin apenas comer, practicaba una vida ascética, y durante el día apartaba las lombrices de los senderos para salvarlas de morir pisadas. Por fin, unas alarmantes palpitaciones acaecidas durante una meditación lo decidieron a regresar al mundo material. En total, el asalto a la eternidad había durado... diez días.
Las consecuencias de la guerra no sólo afectaron a su espíritu. Influido por unos amigos y contagiado por el entusiasmo general, se decidió a invertir en unos bonos de guerra que acababa de emitir el Estado austríaco. En pocos años, la inflación devoró todos sus ahorros mientras la venta de sus obras le procuraba un enriquecimiento vertiginoso. Al menos, nominalmente. La inflación era tan galopante que, tras vender unas casas, el dinero que obtuvo sólo le permitió –actuando rápido– comprarse una estufa.
En un contexto como aquel, que rayaba en el surrealismo, la novela de Kubin tal vez no era tan sorprendente como nos podría parecer hoy. El relato comienza con un personaje misterioso llamado ‘Patera’. Patera es un antiguo compañero de escuela del narrador, y ha heredado una fortuna exorbitante en un lejano país de oriente. Con ella ha adquirido inmensos territorios, en los que ha fundado ciudades, pueblos y granjas.
El conjunto de sus posesiones es lo que el millonario ha bautizado como el “Reino de los Sueños”, y está protegido del mundo exterior por una muralla fortificada. El misterioso Patera aborrece el progreso en todas sus manifestaciones.
En ese reino, las necesidades materiales de sus súbditos están cubiertas, y la vida individual está dedicada a la ensoñación y a la libre afluencia de los estados de ánimo. A invitación del enigmático Patera, el narrador se decide a instalarse con su esposa en el extraño país, en algún lugar indefinido cerca de Samarkanda. A su llegada, el matrimonio se encuentra con un territorio perpetuamente cubierto de nubes, en el que todos los objetos son antiguos y usados.
En Perle, o “Perla”, la capital del Reino, las situaciones y las normas sociales se rigen por una lógica fluctuante. De pronto, los sótanos de una granja se convierten en un inextricable laberinto. En la Torre del Reloj, los habitantes se congregan para celebrar un culto incomprensible. Patera, habitualmente invisible, se aparece un día de pronto al narrador como un ser que se deforma indefinidamente.
Los personajes no son menos extraños. Hay en la ciudad un mono barbero, y un zoólogo que colecciona unos piojos que sólo se crían en el polvo de los archivos. Sin embargo, la realidad y la fantasía se fusionan en la narración con absoluta naturalidad, y componen un paisaje coherente y sin discontinuidad.
En ese universo gris del que ya nadie puede regresar, un único ser supremo –Patera– habita un fantasmagórico edificio denominado “los Archivos”. El edificio, con sus vastas salas desiertas y sus funcionarios evasivos, nos recuerda inevitablemente el Castillo de Kafka pero, en cualquier caso, es anterior a él. Kafka, sólo seis años más joven que Kubin, era un ávido lector de sus contemporáneos. Sus escritos más tempranos se publicaron dos años después de que Kubin concluyese “La otra parte”, y no sería de extrañar que Kafka supiera quién era Kubin, que había ilustrado ya obras de Poe, Nerval o E.T.A. Hoffmann.
Cabría pensar, más bien, que algo se mascaba en Europa cuando dos artistas contemporáneos de un mismo ámbito cultural habían imaginado mundos tan paralelos.
Desde luego, en Europa oficialmente no pasaba nada. El viejo imperio de Austria-Hungría dormitaba apaciblemente. Pero eso era precisamente lo inquietante. Entre 1850 y 1900, la población de Viena se había cuadruplicado, y la industrialización había transformado la estructura de la sociedad austríaca. Ante el crecimiento de la clase trabajadora, los intelectuales se lanzaban con entusiasmo a imaginar sociedades perfectas.
Karl Marx, Saint-Simon, Fourier, Proudhon o Bakunin fueron sólo algunos de los creadores de utopías más o menos beatíficas en las que los ‘proletarios’ –no tanto los empresarios– serían por fin felices. Entre tanto, la guerra contra Prusia había apartado a Austria de la Confederación Alemana y dejaba al Imperio a merced de sus tensiones centrífugas.
En una sociedad encorsetada como la austríaca, ciertos modos y formas de vida foráneos llamaban inevitablemente la atención. Al otro lado del océano, un país recién creado permitía a cualquier ciudadano, sin distinción de clases, hacerse millonario vendiendo perritos calientes o inventando el gramófono. En contraste con la vieja Europa, los Estados Unidos exportaban la imagen de una sociedad emprendedora y viva. Y la novela de Kubin no era ajena a aquel estado de cosas.
Eso explicaría que, cuando la situación en Perla se ha vuelto ya asfixiante, aparezca en la ciudad un nuevo personaje: el americano Hercules Bell. De complexión robusta, modales directos y espíritu empresarial, el americano se declara dispuesto a usar su enorme fortuna para apoderarse de Perla. Nada más llegar, el americano (”...su rostro semejaba un híbrido de halcón y de toro...”, “...todas sus facciones estaban ligeramente desviadas de su posición simétrica…”) toma la iniciativa: reparte puros a diestro y siniestro, insulta a Patera en público y funda el “Club Lucifer”.
En Perla, la sociedad se polariza. El americano arenga a las multitudes, pone precio a la cabeza de Patera y proclama en público los adelantos del mundo exterior. Es el principio del fin. Una serie de afecciones nerviosas, orgías, consumo de estupefacientes y violencia nocturna se adueña de la ciudad. Alertadas por Bell, las potencias europeas entran en acción. Rusia envía un destacamento a la búsqueda del Reino de los Sueños. Se declara guiada “por la moralidad cristiana y el amor al prójimo”, pero –añade Kubin– “con una imagen de lingotes de oro presidiendo sus pensamientos”.
Las conmociones no cesan. Perla padece una epidemia de sueño que dura varios días. Sólo el americano resiste. La ciudad es invadida por todo tipo de animales: ratas, loros, ardillas, osos, búfalos, monos, hormigas. Los objetos se degradan, se enmohecen, se oxidan o se descomponen a velocidad prodigiosa. Se derrumban los edificios y, en medio de un paisaje que ya es fantasmagórico, la naturaleza copula frenéticamente.
A partir de ese momento, la locura es el único protagonista de la narración. Una confrontación colosal se va dibujando como única salida a un universo en que la alucinación ha suplantado a la realidad. Será el choque final entre un Patera proteico, infinitamente polimorfo, y un americano transmutado en ser mitológico, pero cuya tenacidad es ya el único vestigio de la realidad.
A pesar de describir un universo onírico, la narración mantiene un tono distanciado, una mirada fría y, a veces, asombrada hacia sus propias aberraciones. El narrador es un observador coherente de la realidad de lo irracional. Esa síntesis de extremos imposibles es lo que hace de la novela una obra única y fascinante. Todo el texto está marcado por ese doble juego entre la lógica y la sinrazón. Una y otra vez, la realidad irrumpe en la locura y se adueña de su territorio, aceptando sus reglas.
Ante una disociación psíquica tan semejante a la de los sueños, hay que recordar que, por aquellas fechas, Freud estaba asentando los pilares fundamentales de su obra. La interpretación de los sueños se publicó en 1899, y el ensayo sobre la “Gradiva” (el primer estudio psicoanalítico de una obra literaria) salió a la luz sólo dos años antes que La otra parte.
En su parábola, Kubin fue mucho más lejos de lo que él mismo se proponía. Cuando estalló la primera guerra mundial, él negó vehementemente que su novela fuera profética. Y seguramente tenía razón. El germen de lo que iba a suceder estaba ya en el presente. Faltaba sólo la clarividencia de alguien como él para prever lo que otros no habían sabido –o no habían querido– reconocer. Como él mismo comentó más tarde, refiriéndose a su novela: “Durante su composición, maduró en mí la convicción de que lo más valioso de la existencia no se encuentra sólo en los momentos chocantes, exaltados o cómicos, sino que también en los dolorosos, en los indiferentes e intrascendentes están presentes esos mismos misterios”.
Tras la publicación de su novela, Kubin se orientó de nuevo a la ilustración de obras literarias. Su pluma decoraría todavía a H. G. Wells, Balzac, Strindberg o Hamsun, por mencionar sólo a los más importantes. Vivió aún cincuenta y dos largos años, durante los cuales la realidad y el horror se sucedieron en Europa como un eterno, obsesivo retorno al Reino de los Sueños que él había imaginado.
Finalmente un día, igual que en su novela, la realidad puso fin a una larga pesadilla. En la mañana del 3 de mayo de 1945, tras una larga noche de bombardeos, los habitantes de Zwickledt abandonaron sus sótanos y se asomaron expectantes al exterior. Alguien llegaba. De una de las puertas se vio salir a un anciano desplegando periódicos en inglés y un libro de arte en el que se hablaba de él. Acababa de entrar en el pueblo el primer soldado americano.
El joven y el dibujante se estrecharon calurosamente la mano. Aunque el americano no podía sospecharlo, aquel acto sencillo era el punto final de una fábula que nunca debió hacerse realidad.






Para quienes hablen (o lean) alemán, este vídeo sobre Kubin aporta muchos detalles sobre la vida y la obra del gran ilustrador (y novelista):
https://www.ardmediathek.de/video/Y3JpZDovL2JyLmRlL2Jyb2FkY2FzdC9GMjAyM1dPMDIyODMxQTA
Si entendéis el alemán, podeís poner los subtítulos. Los habitantes de Zwickledt hablan con un fuerte acento austriaco rural y resultan -probablemente incluso para un alemán- incomprensibles
Este artículo fue publicado, en versión bastante más frondosa, en una revista literaria española. De los ensayos que he escrito, este es el que más me gusta, y la novela me fascinó en su momento. Los grabados de Kubin son en general muy siniestros, y he tratado de seleccionar aquí los más presentables. Acabo de comprobar que la traducción al español se puede conseguir por Internet. En alemán seguramente también está en venta. Yo compré en Viena un ejemplar en alemán hace no muchos años. Lo recomiendo con entusiasmo.