Oro, amor y asteroides
Los planetas, su historia y sus orígenes
El 3 de octubre de 2025, el asteroide 3I/ATLAS cruzó por última vez la órbita de Marte y continuó su camino hacia el planeta Júpiter, aunque tardará todavía varios años en abandonar el sistema solar. Para decepción de los periódicos sensacionalistas, no parece que su trayectoria responda al designio de ninguna inteligencia extraterrestre.
De modo que, si alguno de ustedes ha llegado a preocuparse, puede respirar tranquilo. El asteroide 3I/ATLAS no ha venido a perder el tiempo observando nuestro enloquecido planeta. Simplemente, pasaba por aquí.
Es una lástima. Si en su interior hubiera habido un centro de control dirigido por extrañas criaturas deseosas de observar nuestro sistema solar, la excursión habría valido la pena. ¿Quiere usted averiguar por qué? Siga leyendo.
La tormenta perpetua
Lo primero que salta a la vista cuando uno se acerca a Júpiter es ese gigantesco remolino que puede verse en su superficie. Es una tormenta pavorosa, más grande que todo el planeta Tierra, y persiste desde hace por lo menos 400 años. En su contorno, el viento alcanza los 600 km/h. Un consejo: pase de largo.
Una armonía imposible
En la mitología romana, Venus es la diosa del amor, pero el planeta que lleva su nombre es lo más parecido a una pelea matrimonial. Su atmósfera, azotada por vientos huracanados, gira mucho más aprisa que el propio planeta. En sólo cuatro días, consigue dar la vuelta a un perezoso Venus, que tarda 243 días en girar sobre sí mismo. Ese violento desajuste genera en cada polo un enorme remolino que semeja dos ojos enfurecidos.
Si eso no es motivo de divorcio, no se me ocurre nada más convincente.
Un apagón inesperado
Hablando de tormentas, Marte no se queda del todo atrás. Normalmente está tranquilo pero, cuando en su superficie se desata una tormenta, la turbulencia puede crecer y crecer hasta envolver el planeta entero. Durante meses. Es lo que le sucedió al vehículo explorador Opportunity en 2018. El polvo cubrió sus paneles solares, y en su interior la luz se apagó para siempre.
Un caso de suma gravedad
Un fenómeno misterioso es el de Neptuno. Pese a lo lejos que se encuentra del Sol, los vientos en Neptuno pueden alcanzar los 2.000 km/h. En la Tierra, esas velocidades serían supersónicas. ¿De dónde sale la energía que impulsa semejantes vientos? Según los especialistas, el interior de Neptuno se está contrayendo, y esa contracción genera mucha más energía que la que le llega del Sol.
Vagancia sideral
A su paso por el lejano planeta Urano, los extraterrestres del asteroide 3I/ATLAS tendrían que torcer la cabeza. En comparación con los demás planetas, Urano gira tumbado. Sí. Concretamente, 98 grados respecto a la vertical. Como cualquiera se puede imaginar, las estaciones del año allí no tienen nada que ver con las que nosotros conocemos.
¿Llueve en Urano? Más bien nieva y graniza, pero no agua, sino metano helado. Por si todo eso fuera poco, su magnetosfera, extrañamente asimétrica, está también inclinada. Decididamente, no es el mejor planeta para pasar las vacaciones.
¡Al metano, patos!
Aunque, si es usted aficionado a navegar, tal vez disfrutaría un fin de semana en Titán, la luna más grande de Saturno. Titán tiene lagos, ríos y nubes, como la Tierra, y de vez en cuando llueve. Sólo que, como sucede en Urano, lo que llueve no es agua, sino metano. Pero navegar, lo que se dice navegar, se puede.
La luna más artística
En invierno, sin embargo, el cuerpo celeste más calentito es Ío, una de las lunas del gigantesco Júpiter. En Ío, los volcanes no paran. Hay centenares de ellos, y sus erupciones llegan a alcanzar los 500 km de altura. Las nubes que se forman en lo alto, sin embargo, no son de metano, sino de azufre y dióxido de azufre. Y, cuando se depositan en la superficie, crean unos paisajes de fantásticos colores. Si es usted fotógrafo o pintor, unas vacaciones en Ío son inexcusables.
Los orígenes
Lo más sorprendente, sin embargo, es que todos esos cuerpos celestes tienen un mismo origen. Entonces, se preguntará usted, ¿por qué son todos tan diferentes?
El origen de nuestro sistema solar fue una gigantesca nube de polvo, hidrógeno y helio, que contenía también restos de estrellas mucho más antiguas. A medida que se iba cohesionando, su peso aumentaba, y llegó un momento en que empezó a girar. Cada vez más aprisa. En su centro, la densidad y la temperatura iban en aumento hasta que, finalmente, ese centro se convirtió en una estrella: nuestro Sol.
El resto de la nube cósmica se fue aglomerando y disgregándose en objetos de tamaño cada vez mayor. Mientras el polvo a su alrededor se seguía compactando, aquellos objetos empezaron a chocar unos con otros, y el resultado fue el que usted estaba esperando: sí, el sistema solar.
Ahora imagínese un horno que emite calor no desde lo alto, sino desde uno de sus costados. Si intentamos cocinar una pizza en ese horno, el resultado no será uniformemente comestible. Probablemente, la parte de la pizza que estaba cerca del fuego quedará chamuscada, mientras que el otro extremo acabará medio crudo. Algo así es lo que sucedió con el sistema solar.
Pero el horno de aquel sistema solar no era tan apacible como el de nuestro experimento imaginario. A lo largo de millones de años, los cuerpos que se estaban formando en aquella nube chocaban a menudo entre sí, y no siempre en la misma dirección. Así es como se explica la inclinación de Neptuno. O la rotación de Venus, que gira en sentido contrario al de los demás planetas.
El más gamberro de todos fue, probablemente, Júpiter, el gran coloso de nuestro sistema solar, que al variar de órbita una y otra vez causaba desprendimientos de los demás planetas. Ese fue el origen del cinturón de asteroides que nos impactan de cuando en cuando, y que generan noticias alarmantes en los medios sensacionalistas.
Los elementos
Esto, por lo que se refiere a los planetas. Pero ¿y sus elementos? ¿Por qué las lunas y los planetas contienen más o menos oxígeno, hierro o uranio? Para empezar, las estrellas emiten calor porque son reactores de fusión. Es decir, comprimen unos átomos contra otros y crean así nuevos elementos, cada vez más pesados.
Comprimiendo el hidrógeno producen helio, y a lo largo de ese proceso van generando carbono, neón, silicio y muchos otros elementos. El resultado es una especie de cebolla en la que los elementos más pesados se van al centro y los más ligeros van formando las capas más externas.
Sin embargo, ese proceso se termina en el hierro, porque producir elementos más pesados que el hierro consume más energía de la que produce. Una estrella que consume su propia energía ya no tiene fuerza para contrarrestar su propio peso, y termina colapsando.
Cuando eso sucede y la estrella tiene mucha masa, su centro explota violentamente, y esa explosión sí genera elementos mucho más pesados que el hierro. Tan pesados, que terminan desintegrándose.
Y es así como se formaron el estaño que suelda los circuitos electrónicos de nuestro ordenador, el platino del catalizador de nuesto automóvil… o el oro de los pendientes que le regalamos a nuestra amada como testimonio de nuestro afecto.
Sí, ese oro forjado en el corazón de una estrella remota, que estalló y dejó de existir miles de millones de años antes de nosotros.






Hola Ricky M.
A lo mejor es mi económica tableta (dónde tengo instalado el Substack), pero el gif de "Ío, luna de Júpiter" está todo en negro, curiosamente si descargo la imágen, sí obtengo el gif funcional.
Cómo siempre.... muy interesante el post. Gracias 🤗👍🏼👍🏼👍🏼