Elipses y eclipses
La azarosa vida de Johannes Kepler
“Vimos también otro país allá abajo con ciudades, ríos, mares, bosques y montañas, y dedujimos que era la Tierra”.
Luciano de Samosata (siglo II)
Probablemente los historiadores nunca se pondrán de acuerdo en quién escribió el primer libro de ciencia ficción. Luciano de Samosata –por cierto, precursor de Cervantes y de Quevedo– parece un candidato razonable, aunque hay quien prefiere señalar a Cyrano de Bergerac o a Voltaire. Lo cierto, sin embargo, es que todos esos relatos tienen poco de ciencia y mucho de ficción. Digan lo que digan, la primera obra de ficción científica de la historia la escribió un alemán.
Un alemán que dedicó su vida a la ciencia, pero cuya biografía fue más parecida a la ficción.
Se llamaba Johannes Kepler, y nació en 1571 en el estado alemán de Württemberg. Estudió teología y astronomía en la Universidad luterana de Tübingen, donde pronto suscitó los recelos de sus profesores. La teoría de Copérnico, publicada medio siglo atrás, estaba todavía muy mal vista entre los teólogos. A Kepler, en cambio, le parecía perfectamente coherente.
Apenas terminó sus estudios cuando encontró un puesto como profesor de matemáticas en la austríaca ciudad de Graz. Pero la situación en Austria era muy tensa. La Contrarreforma estaba en plena efervescencia. Los exorcismos eran un espectáculo habitual en la ciudad, y grupos de mercenarios católicos y jesuítas allanaban los hogares de los ‘herejes’, cuyos libros ardían en las plazas públicas. Finalmente, un edicto oficial conminó a los luteranos a casarse por el rito católico. Kepler no quiso renunciar a sus convicciones y decidió emigrar.
Tuvo suerte. Pocos meses antes, el astrónomo Tycho Brahe lo había invitado a su castillo de Bohemia, donde ejercía como matemático oficial del Emperador. Kepler aceptó la invitación, y emprendió camino hacia el castillo de Benátky, cerca de Praga. Brahe lo acogió con los brazos abiertos. Entusiasmado ante sus conocimientos, lo admitió como asistente, e incluso le permitió trabajar con los datos astronómicos que guardaba celosamente.
Cuando Brahe murió, Kepler ocupó su puesto como matemático imperial. Era un puesto de gran prestigio, aunque consistía básicamente en escribir horóscopos para la familia imperial. Durante los diez años siguientes, Kepler siguió estudiando los datos de Brahe, calculó la órbita de Marte y, basándose en ella, determinó la órbita terrestre.
Sueño y pesadilla
Desde sus años de estudiante había sentido especial curiosidad por la Luna. ¿Cómo se vería la Tierra desde la Luna?, se preguntaba. Galileo no había orientado todavía su telescopio hacia el cielo cuando Kepler decidió reponder a aquella pregunta escribiendo una historia de ciencia ficción. La historia se titulaba Somnium, y relataba la historia de un astrónomo que conseguía llegar a la Luna.
Lo que Kepler se proponía, sin embargo, no era fantasear, sino argumentar. En su relato, los selenitas creían que la Tierra giraba a su alrededor. Y estaban equivocados. ¿No podrían estar igualmente equivocados los adversarios de Copérnico?
Curiosamente, el recurso literario de Kepler era el mismo que, cuatro siglos más tarde, utilizarían los guionistas de la serie Star Trek: relativizar las convicciones más arraigadas, simplemente cambiando de perspectiva.
Pero, más que un sueño, Somnium iba a convertirse en una pesadilla para Kepler. El manuscrito circuló de mano en mano por toda Europa y terminó llegando a su pueblo natal. Inmersos en un ambiente de celo religioso y de superstición, los habitantes de Weil der Stadt empezaron a imaginar historias.
En la novela, el protagonista había viajado a la Luna con ayuda de su madre, que había invocado a los espíritus. Y daba la casualidad de que Katharina, la madre de Kepler, era curandera. E indiscreta. En privado, una vecina le había confesado que su embarazo era fruto de un adulterio, y la anciana no había sabido guardar el secreto. La vecina se sintió traicionada y, para justificar las consecuencias de su aborto, acusó a Katharina de brujería.
Se desató la cacería. La esposa del carnicero afirmó que Katharina había causado un dolor en la pierna de su marido. El maestro local achacó su cojera a haber bebido un sorbo de cierta bebida en casa de Katharina. Y otros vecinos la acusaron de atravesar las puertas y de haber causado la muerte de varios niños y animales.
Katharina fue arrestada y enviada a prisión, donde permaneció encadenada durante catorce meses. Al recibir la noticia, Kepler se apresuró a viajar a Weil der Stadt para defender a su madre. No era para menos. En aquella misma localidad, seis mujeres habían sido quemadas por brujería pocas semanas antes.
La defensa de su madre lo absorbió durante seis largos años. Kepler estudió metódicamente los testimonios de los testigos y las declaraciones de su madre durante los interrogatorios. Acudió a la celda donde la anciana estaba recluida y, conversando con ella, trató de ordenar las piezas del rompecabezas.
Una a una, enumeró las cuarenta y nueve acusaciones y las fue refutando. Los trastornos de la adúltera vecina se debían, en realidad, a un aborto. El maestro cojeaba porque había sufrido una caída. El carnicero padecía lumbago.
Finalmente, tras un largo calvario, Kepler consiguió la absolución de su madre. Sus investigaciones no fueron en vano. Gracias a ellas, un antiguo compañero de estudios, que era ahora jurista, logró que el Tribunal Supremo asumiera la competencia exclusiva en los casos de brujería.
Kepler había podido comprobar lo que sucedía cuando la ficción se parecía demasiado a la realidad. A raíz de aquella malhadada experiencia, se dedicó a incluir aclaraciones en su novela para evitar malentendidos. Llegó a acumular doscientas veintitrés notas de texto, en las que explicaba detalladamente el significado de sus metáforas.
Relojes en el cielo
En aquellas notas comparaba la fuerza de la gravedad con la atracción magnética y, anticipándose en cincuenta años a Newton, sugería que la gravedad afectaba tanto a los seres humanos como a los cuerpos celestes. Además, refutando a Galileo, afirmó que aquella misma fuerza era la causante de las mareas.
Aquellas notas no fueron su única fuente de inspiración. Los horóscopos del Emperador le fueron también de gran utilidad. Gracias a ellos, estudió detalladamente el movimiento del planeta Marte, calculó la distancia que lo separaba de la Tierra, y llegó a la conclusión –correcta– de que las órbitas de los planetas no describían círculos, sino elipses. El viejo modelo de Ptolomeo se derrumbaba definitivamente.
Kepler era muy aficionado a las metáforas. La comparación del universo con un mecanismo de relojería, movido por fuerzas semejantes al magnetismo, lo atraía particularmente. Después de él, y hasta el descubrimiento de los fenómenos cuánticos, los físicos se dejaron seducir por aquella visión mecanicista del mundo: el Universo era un reloj, y todos los fenómenos de la naturaleza eran perfectamente predecibles.
Kepler fue uno de los grandes astrónomos de todos los tiempos. A él debemos las tres leyes del movimiento de los planetas y el primer método científico para predecir los eclipses. El gran Kepler no merecería honrar con su nombre ningún insignificante cráter de la Luna. Su nombre debería figurar en los anales de la ciencia como el primer apellido del sistema solar.





