Creced y multiplicáos
El indómito Kary Mullis
¿Se fiaría usted de un científico que tocaba la guitarra, practicaba el surf, publicó un artículo sobre la significación cosmológica de la inversión del tiempo y creó una empresa para vender joyas que contenían el ADN de Marilyn Monroe? ¿Le parece dudoso? ¿Y si le dijera que revolucionó las ciencias médicas y biológicas y terminó recibiendo un premio Nobel?
Ese científico se llamaba Kary Mullis y nació en Estados Unidos en 1944. Era un niño revoltoso, aficionado a observar la naturaleza, y en particular las arañas. Sus primeros experimentos científicos consistieron en la fabricación de cohetes caseros, propulsados por pólvora que preparaba él mismo en el patio de su casa. Su pobre madre, según contó él mismo en sus memorias, no ganaba para sustos.
Inspiración al volante
De los cohetes pasó a la bioquímica, y años después terminó doctorándose en esa disciplina. Pero su fama de hippie chiflado le creó más de un conflicto y, tras recibir el doctorado, decidió abandonar la investigación. Se refugió en la ciencia ficción –como escritor–, aunque nunca llegó a publicar nada. Por suerte, un buen amigo le consiguió un puesto como bioquímico en una de las primeras empresas de biotecnología: Cetus Corporation.
Corría el año 1983, y la automatización de los procesos que él supervisaba (la síntesis de oligonucleótidos) amenazaba los puestos de trabajo de sus empleados, que empezaban a ser prescindibles. ¿Terminaría teniendo que despedirlos a todos? Sólo se le ocurría una alternativa: incrementar la demanda de oligonucleótidos.
Pero ¿cómo? Obsesionado con aquella idea, detuvo un día el automóvil a un lado de la carretera, se hizo con una hoja de papel y allí mismo comenzó a garrapatear fórmulas y esquemas, ante la mirada desconcertada de su novia, que viajaba en el asiento contiguo.
Se le había ocurrido una solución. Si conseguía recortar un fragmento de ADN y, a continuación, copiarlo mediante una molécula llamada polimerasa, duplicaría el fragmento original. Repitiendo el proceso una y otra vez, en apenas unas horas podría obtener miles de millones de copias de cualquier diminuto trocito de ADN. Su entusiasmo se desbocaba. Era una técnica revolucionaria.
Era sólo una idea pero, si se demostraba viable, sería uno de los grandes hitos de la biotecnología del siglo XX. Hasta los paleontólogos podrían usarla para analizar el ADN de los fósiles y conocer la vida cotidiana de especies extinguidas millones de años antes.
Sus colegas se mostraron escépticos. ¿Quién podía creer a aquel tipo excéntrico que dedicaba sus ratos libres a tocar la guitarra y a hacer acrobacias en lo alto de las olas? Pero sus jefes consideraron que valía la pena arriesgarse y le dieron luz verde para seguir investigando.
Valió la pena. En 1993, Kary Mullis fue galardonado con el Premio Nobel por su invención de aquella nueva técnica, cuyo nombre abreviado –PCR– terminó protagonizando, por desgracia, el fraude más bochornoso de la historia de la humanidad.
Mullis tampoco salió muy bien parado de la experiencia. Cetus Corporation le gratificó con 10.000 dólares y, poco tiempo después, vendió la patente por 300 millones de dólares. Una operación ‘de buitres’, en palabras del propio Mullis.
El misterio del sida
Pero el gigantesco engaño que todos padecimos en 2020 tenía un precedente. Allá por los años 80, la industria médica había empezado ya a usar las PCR para ‘diagnosticar’ las infecciones por VIH. En otras palabras: el sida.
En eso trabajaba precisamente Mullis cuando le encargaron redactar una solicitud. Había que renovar la financiación del proyecto, y la primera frase que Mullis tenía que escribir debía ser algo así como “El VIH es la causa probable del sida”.
Pero había que fundamentar aquella afirmación, y Mullis preguntó a varios virólogos. “Bah, no es necesario justificarlo”, le respondieron. El atónito Mullis, sin embargo, no se plegó y siguió preguntando. Sin éxito. Dos años después, nadie había sido capaz todavía de remitirle a un artículo científico que llegara a esa conclusión.
Un día, finalmente, consiguió coincidir con Luc Montagnier –el descubridor oficial del VIH– en una conferencia. En respuesta a su pregunta, Montagnier le remitió a un informe del NIH.
“Pero eso no es una referencia científica” –replicó Mullis–.
“¿Por qué no citas entonces el artículo sobre el SIV (el virus de inmunodeficiencia en simios)?”, repuso entonces Montagnier.
“Lo que yo estoy buscando” –insistió Mullis– “es el artículo original que demuestre que el VIH es la causa del sida”.
En lugar de responder, Montagnier se apartó inesperadamente para saludar a otro conferenciante que pasaba por allí.
El tema del sida parecía ser objeto de una maldición. Investigadores escépticos, como Peter Duisburg, se encontraron también en situaciones parecidas. Habiendo sido invitado a hablar sobre el tema, la mayoría de los asistentes se negaron a permanecer en la sala. Allí pasaba algo raro, se decía Mullis. Si aquellos especialistas tenían argumentos sólidos en contra, ¿qué mejor ocasión para refutar a aquel orador?
El problema al que se enfrentaba Mullis, y que enturbia desde hace decenios la investigación científica, es un clásico: correlación no implica causación. Por otra parte, sí, las pruebas PCR pueden detectar vestigios de un virus en una muestra biológica, pero eso no significa que haya una infección. Las PCR arrojan resultados cualitativos, y no permiten determinar si la carga viral es suficientemente infecciosa.
¿Misterio?
Mullis empezó a sospechar que detrás de aquella misteriosa omertà había otras motivaciones. Confieso, amigo lector, que no soy experto en la materia, de modo que me limitaré a exponer lo que he averiguado.
En las décadas de 1950 y 1960, varios investigadores experimentaron con transfusiones de plasma sanguíneo obtenido de chimpancés. Habían averiguado que, tanto en su estructura como en sus propiedades, el plasma de chimpancé es prácticamente idéntico al de los humanos.
Además, los chimpancés son una de las pocas especies capaces de infectarse con el virus de la hepatitis B, y existe abundante documentación que evidencia que se utilizó plasma de chimpancés para producir vacunas contra esa enfermedad. Uno de aquellos chimpancés estaba infectado de VIS, un virus muy similar al VIH, que pudo haber experimentado una mutación. Numerosos datos geográficos y epidemiológicos parecen reforzar esa sospecha.
Sorprendentemente –o sospechosamente, si usted prefiere–, tanto ChatGPT como DeepSeek niegan que se haya usado plasma de chimpancés para fabricar vacunas contra la hepatitis B. Ah, y añadiré un dato más: en 2015, la agencia UNAIDS adoptó la erradicación del sida como uno de los objetivos de la Agenda 2030.
Escepticismo
Mullis nunca fue un científico dócil. En otro orden de cosas, llegó también a la conclusión de que las teorías sobre el agujero de ozono, y sobre el CO2 como causante del cambio climático, tenían también motivaciones poco altruistas.
"Están haciendo ciencia” –declaró en cierta ocasión– “personas que dependen de una remuneración para determinar lo que van a averiguar”. “Los científicos están causando un enorme daño en el mundo alegando que nos aportan un beneficio. No tengo reparos en atacar a mis propios colegas, porque me avergüenzo de ellos”.
Además de recibir el Premio Nobel y una larga lista de distinciones internacionales, Mullis patentó varias invenciones. Entre ellas, un plástico sensible a la radiación ultravioleta que cambia de color en respuesta a la luz, y una técnica para activar rápidamente el sistema inmunitario frente a agentes patógenos y toxinas. Por cierto, el gobierno de Estados Unidos llegó a usar esa técnica suya para combatir el ántrax. El remedio fue efectivo en un 100% de los casos.
Mullis murió a causa de una neumonía en 2019, pocos meses antes de la aparición en Wuhan de una extraña enfermedad causada por un virus. Lo que sucedió después es ya conocido. El uso masivo de las PCR convirtió aquella enfermedad en una dudosa ‘pandemia’, y no ha faltado quien aventurara que Mullis no falleció de muerte natural.
El principal protagonista de aquella ‘pandemia’, Antony Fauci, no era el científico preferido de Mullis. Según Mullis, Fauci “no tiene absolutamente ni idea de nada… No tiene reparos en aparecer en televisión ante quienes le pagan el sueldo y mentir descaradamente mirando a la cámara”.






Hola Ricky.
Acabo de volver a leer tu nota "CRECED Y MULTIPLICÁOS" y ciertamente es de admirarse a Kary Mullis quién como expones nunca perdió su objetividad científica y el relato de su encuentro con Luc Montagnier (quien por cierto tal vez se arrepintió después de haber sido poco ético en su momento, por ciertas declaraciones que hizo en contra de las vacunas "anticovid"), me pareció "mind blowing" y revelador de lo que implica el poder y el $ para lograr ciertos escenarios globales dónde por miedo, ignorancia ó prejuicio se de el efecto de "seguir la corriente" (tú me entiendes).
Cómo Mullis, yo creo que Mario Molina también fué (con el asunto del agujero de ozono) un beneficiado del montaje que solo pretendía prohibir los gases de refrigeración (CFC's) que estaban a punto de convertirse del dominio público por la caducidad de la respectiva patente (dónde me parece que Dupont era la dueña).
Ahora ni quien se acuerde de la capa de ozono (no conviene).
Por último quería comentarte que a mí me parece que lo del H1N1 que se dió aquí en México en el 2009, fué una especie de ensayo para lo de la pandemia del COVID, dónde el principal actor y probable beneficiado ($$$), fué el entonces secretario de salud del gobierno de México.
En fin, gracias Ricky por darme a conocer al indomable Kary Mullis.
Un abrazo 🤗👍👍👍