Comer con los ojos
Metabolismo del hambre
¿Quién no ha consentido alguna vez en comerse ese trozo de tarta extra que el cuerpo ya no nos está pidiendo? ¿Nos enamoramos porque hemos encontrado a la mujer o al hombre de nuestros sueños o porque, sin ser del todo conscientes, necesitábamos enamorarnos?
Los efectos de un enamoramiento injustificado, sospecho que todos los hemos vivido, como mínimo en la adolescencia. Pero los efectos de un hambre injustificada pueden ser físicamente devastadores. Una sola manzana de más al día, o apenas diez almendras añadidas al aperitivo, se pueden traducir en cinco kilos más de peso en un año. Y, sin embargo, hay personas que comen lo que les apetece y nunca engordan.
¿Cómo hace nuestro organismo para controlar –o descontrolar– nuestro peso corporal? ¿Sabemos más matemáticas de lo que creemos? ¿Hay en algún lugar de nuestro organismo un contable escondido que de vez en cuando enloquece?
La respuesta no es sencilla. Se llama ‘homeostasis’, y es un complejo mecanismo biológico que pone en acción a tres ‘contables’ diferentes.
Uno de esos contables, que regula nuestra hambre hora a hora y minuto a minuto, es en realidad un telegrafista. A medida que ingerimos alimentos, nuestro aparato digestivo envía señales –hormonas– a nuestro hipotálamo para que nos diga cuándo parar. Detecta la cantidad de comida que ingerimos, las calorías, las proteínas, los hidratos de carbono… Un verdadero laboratorio invisible. No se le escapa nada, y gracias a él podemos resistirnos a ese trozo de tarta que en realidad no necesitábamos.
Un segundo contable es algo más paciente. Se llama ‘leptina’, y lleva las cuentas de la grasa que vamos acumulando a lo largo de las semanas. En realidad es una hormona que segrega nuestra propia grasa. Cuando esa hormona llega a nuesto cerebro, el hipotálamo la detecta y actúa en consecuencia. Si detecta mucha leptina, hará que nos saciemos más fácilmente, y nos hará sentirnos más activos. Y a la inversa.
El contable más flemático de todos es lo que técnicamente se llama ‘termogénesis’, y es el que regula a largo plazo nuestra temperatura. ¿Llevamos una temporada comiendo más de la cuenta? Nuestro metabolismo se encarga de que nos movamos más y quememos más calorías. ¿Somos monjes budistas y nos alimentamos de raíces y bayas silvestres? Nuestra temperatura corporal bajará, y seremos más propensos a la meditación trascendental.
El primero de esos tres contables detecta también la dilatación de nuestro estómago, y eso explica, por ejemplo, por qué beber agua o ingerir mucha fibra nos sacia rápidamente. Pero también explica por qué los alimentos muy procesados –que concentran muchas calorías en muy poco volumen– consiguen a veces engañar a nuestro cerebro.
Sospecho que estoy adivinando la pregunta que usted se está haciendo. ¿Es esa la causa de que algunas personas no consigan controlar su propio peso?
No sólo esa. Efectivamente, los alimentos muy procesados están diseñados para ser muy sabrosos. Mucho más de lo que la naturaleza nos ofrece. La abundancia de sal, de grasas o de azúcar nos incita a seguir comiendo, y las señales que envía desesperadamente la leptina se convierten, en comparación, en un susurro.
Pero el hipotálamo también se harta de que la leptina se ponga tan insistente. Cuando eso sucede, desconecta. Es un fenómeno parecido al de las células de ciertos diabéticos cuando reciben avalanchas continuas de insulina. O al de cualquiera de nosotros cuando ese testigo de Jehová o ese ecologista –no hay tanta diferencia– nos insisten en que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina.
Naturalmente, hay también factores externos. Por ejemplo, la falta de sueño, que reduce la producción de leptina y nos hace sentir más hambre. O el estrés crónico, que eleva el nivel de cortisol y nos induce a acumular más grasa de lo normal. Sin olvidar el bombardeo diario de publicidad invitándonos a comer alimentos procesados. Pero, desde el punto de vista matemático, quizá lo más sorprendente es la capacidad del hipotálamo para el cálculo matemático.
Si usted no ha estudiado matemáticas, no se incomode, que aquí se explica todo. El hipotálamo no reacciona a los excesos esporádicos. Cómase usted tranquilo ese trozo de tarta de cumpleaños. Pero no cumpla años todos los días, porque entonces el hipotálamo registrará la ‘curva’ de crecimiento de sus excesos y, llegado el momento, calculará la suma de todos esos bizcochos, natas y chocolates acumulados. Como esa suma será variable, no la podrá calcular día a día, sino siguiendo un método que los matemáticos llaman ‘cálculo integral’.
Sí, es como si el hipotálamo fuera un ordenador analógico. Quizá lo es, y nosotros ni nos habíamos enterado. Por supuesto –y por desgracia– no es infalible, porque no tiene contacto con el mundo exterior. No puede ver los anuncios de galletas o de hamburguesas que tan apetitosas se nos presentan, ni las mentiras de los políticos ante los micrófonos, ni los precios de los alimentos en el supermercado. Aunque, en eso, hay que reconocer que el hipotálamo es bastante afortunado.
Ahora tome usted todos esos factores, súmeles la genética particular de cada persona, y métalo todo en una batidora. El resultado será impredecible, ¿verdad? Por eso, lo más importante de todo es que aprendamos a conocernos a nosotros mismos y a escuchar a nuestro organismo. Él es más sabio que todos los consejos de los dietistas.
¿Siente usted hambre? Coma. ¿Tiene sed? Beba. Pero no lo haga consultando una tabla o un programa preestablecido. Aprenda a separar el hambre de la ansiedad o de las carencias emocionales. Y resuelva cada cosa por separado. La naturaleza ha tenido muchos milenios para aprender lo que de verdad nos conviene en cada momento. Ella es la más sabia.
No es un consejo. Yo no soy quién para aconsejar a nadie lo que tiene que hacer con su propia vida. Considérelo sólo una sugerencia.
Y si le apetece sonreír un poco, asómese un par de minutos a este diálogo imaginario que he publicado hace unos días: https://rickym.substack.com/p/aguas-termales




