Aplausos a las ocho
La Declaración de Great Barrington
Abril de 2020. Calles fantasmagóricamente desiertas. Fábricas, tiendas, escuelas y universidades, vacías. En la televisión, en los periódicos y en las declaraciones oficiales, un único discurso. Exactamente las mismas frases, las mismas consignas en centenares de medios de comunicación de todo el mundo. En las redes sociales, vídeos de médicos y enfermeras haciendo números de coreografía en hospitales vacíos. Todos los días, a las ocho en punto de la tarde, la población sale a los balcones y aplaude.
En la soledad de su domicilio, Jeffrey Tucker, director editorial del American Institute for Economic Research, no entiende nada. Todo esto es una locura, piensa. Para entender lo que está sucediendo, trata de encontrar voces sensatas en el mundo académico, pero son muy pocos los que dan la cara.
Una llamada inesperada
La idea del ‘confinamiento’ no era nueva. Rajeev Venkayya, un antiguo directivo de la Fundación Gates y ex-asistente de biodefensa de la Casa Blanca, había ideado el plan años atrás, en previsión de una pandemia de gripe aviar –que nunca se materializó–. Sólo unos meses más tarde, en agosto de 2020, Venkayya telefoneó a Tucker. No se conocían de nada.
Venkayya se presentó y, seguidamente, pidió a Tucker que no siguiera criticando públicamente los confinamientos. Según Venkayya, “todo estaba bajo control”. Pero Tucker no se dejaba convencer y seguía preguntando. Por fin, Venkayya se decidió a hablar: se estaba preparando una vacuna.
“Eso es absurdo”, replicó Tucker. “Ese tipo de virus está constantemente mutando. Además, son necesarios diez años de pruebas y estudios rigurosos antes de comercializar una vacuna”.
“Llegará mucho antes que eso”, respondió su interlocutor, enigmáticamente. Tucker se quedó pensativo. No entendía nada. Releyó una y otra vez los documentos oficiales y, de pronto, cayó en la cuenta. Las medidas contra la pandemia no provenían de ningún departamento de salud pública, sino del National Security Council. Seguridad nacional. La vacuna que estaban preparando formaba parte de un plan militar.
Un día, en mitad de aquella agobiante soledad, Tucker se encontró en Twitter con una nota que decía cosas sensatas. Milagrosamente, la censura lo había pasado por alto. Su autor era Martin Kulldorff, un profesor de medicina de la Universidad de Harvard. Casualmente, Kulldorff no vivía muy lejos de su domicilio. Tucker le envió un mensaje y lo invitó a cenar.
La deserción de los periodistas
Se hicieron amigos. En sucesivas conversaciones, Tucker fue aprendiendo más cosas sobre las epidemias, y al poco tiempo Kulldorff tuvo la idea de invitar a un grupo de periodistas para ofrecerles una reunión informativa. Después de algunas gestiones, dos de los epidemiólogos más prestigiosos del mundo se sumaron a la iniciativa: Jay Bhattacharya, profesor de medicina en la Universidad de Stanford, y Sunetra Gupta, profesora de epidemiología en Oxford.
Sorprendentemente, sin embargo, ningún periodista aceptaba la invitación. Tras grandes esfuerzos, Tucker consiguió por fin reunir a tres periodistas. Uno de ellos, una colaboradora del British Medical Journal, acudió a la reunión con mascarilla, y se desinfectaba obsesivamente las manos con gel antiséptico.
Los epidemiólogos, por fin, pudieron hablar. Los virus también tienen limitaciones. Si usted ha caído enfermo y se encuentra realmente mal, se quedará en su casa y no será fácil que contagie a otros. Y si el periodo de incubación es largo, su organismo tendrá tiempo de activar el sistema inmunitario y contrarrestar la infección. Por eso, las infecciones que mejor se propagan son las más leves, y tarde o temprano la población termina alcanzando la inmunidad colectiva.
En aquella misma reunión nació la idea de publicar un documento con toda aquella información. Finalmente, el texto fue redactado en la ciudad de Great Barrington (Massachusetts), y fue así como nació, el 4 de octubre de 2020, la Declaración de Great Barrington.
Los firmantes de la Declaración resaltaban los efectos devastadores de los confinamientos sobre la población y proponían centrar los cuidados en las personas más susceptibles. El COVID-19 era mucho más peligroso para los ancianos y los enfermos. Los más jóvenes debían poder seguir haciendo vida normal.
La respuesta
La respuesta del mundo académico y de los medios fue furibunda. Los firmantes del documento fueron tildados de farsantes. En la revista The Lancet, varios ‘científicos’ afirmaron que, haciendo vida normal, los jóvenes contagiarían a todos los demás, saturarían los hospitales y causarían una terrible mortandad. ¿Recuerda usted aquello de que los niños tenían que vacunarse para no matar a la abuela? Pues ese era el argumento.
Añadiendo más leña al fuego de la infamia, el Director General de la OMS declaró solemnemente que “la inmunidad colectiva se alcanza protegiendo a la población frente a los virus, no exponiéndola a ellos”. Extraña afirmación, sí. Había que impedir a toda costa que la inmunidad natural hiciera su trabajo… en favor de las vacunas.
Los organismos oficiales no se dieron por enterados, y por todo el planeta los políticos, tan sincronizados como los medios de comunicación, rechazaron airadamente la Declaración. La profesora Gupta recibió amenazas y fue denostada públicamente. En conversaciones privadas, el director del NIH y Anthony Fauci acordaron desacreditar sin piedad la Declaración, según ellos redactada por epidemiólogos “marginales”. El profesor Bhattacharya declaró: “la libertad académica ha muerto”.
Presas de la histeria colectiva –planificada– que sacudía aún el mundo, incluso los ediles de Great Barrington hicieron pública una airada carta defendiendo el buen nombre de la ciudad. Acusaban a los firmates de la Declaración de inmorales y enemigos de la ciencia. Vivir para ver.
Pero si los políticos, académicos y periodistas no querían caldo, tuvieron dos tazas. Convencido de que los ataques concertados a la libertad de expresión y a la libertad religiosa, los encierros forzosos, las mascarillas, la manipulación de los medios, el fraude de las PCR, las restricciones a los desplazamientos, los generosos incentivos a los hospitales, el distanciamiento físico, el seguimiento digital, los ‘pasaportes covid’ y la coerción para inducir a vacunarse tenían por objeto poner a prueba la obediencia de la población, en mayo de 2021 Jeffrey Tucker fundó el Brownstone Institute, un centro de debate abierto y en defensa de la libertad, con el fin de evitar “que situaciones semejantes vuelvan a suceder”.
En 2024, Martin Kulldorff fue despedido de su puesto en la Universidad de Harvard. Actualmente es miembro del Comité Asesor sobre seguridad de medicamentos y gestión de riesgos de la FDA (Food and Drug Administration) de Estados Unidos. Sunetra Gupta sigue ejerciendo su labor docente en la Universidad de Oxford. En 2025, Jay Bhattacharya fue nombrado director de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos.
A día de hoy, la Declaración de Great Barrington ha sido firmada por cerca de un millón de personas. Según Tucker, los términos “caso”, “infección” y “exposición” han sido usados con tal negligencia que ya sólo generan confusión. Ni siquiera podemos saber cuántas personas murieron por covid, y la mayoría de las gráficas existentes son inservibles desde el punto de vista epidemiológico.
Si alguna vez volviera a suceder, por favor, al menos no aplauda.





Hola Ricky.
Me encantó tu post, ya que escribiste la historia (desconocida para mí) de la resistencia a la plandemia que conformaron Tucker, Kulldorff, Bhattacharya y Gupta.
Antes no sabía casi nada de virus pero no dejaba de sorprendeme la facilidad con que la mayoría de las personas en casi todo el mundo seguían sin pestañear las disposiciones oficiales, siendo el pináculo observar cómo corrían a formarse para aplicarse una vacuna emergente (vaya, de dudosa reputación).
Tu post me dió alivio, esperanza y mi admiración por los firmantes y difusores de la declaración de Great Barrington, pero urgando en las actuales actividades de Rajeev Venkayya me doy cuenta que sigue inmerso en el mismo caldo, como si no hubiera aprendido que sus acciones, directivas y vacunas hicieron más daño que bien a la salud pública; por lo que me queda la duda (y me gustaría conocer tú opinión) de que si ¿él genuinamente cree que va por la salud o simplemente se está ganando honradamente el sustento de cada día? y pregunto porque actualmente muchos "profesionales de la salud" siguen recomendado fuertemente la inoculación anticovid.
Un abrazo Ricky 🤗👍🏼👍🏼👍🏼